Cuentos para regalar

September 2, 2012

Entra y descárgate el primero de los “Cuentos para regalar”, gracias a la agencia de proyectos y servicios editoriales La Línea Negra:

Norka Guevara y el cuento “Pierre Hermè”

Proyecto “Cuentos para regalar” de La Línea Negra.

¿En qué consiste?

En que cada viernes podrás descargarte, gratuitamente, un archivo pdf con un cuento escrito por un ecuatoriano. Este archivo incluye una ilustración hecha particularmente para cada texto.

¿Qué debes hacer?

Nada. Solo descargarlo y compartir con todos el enlace para que más personas lo puedan leer.

¿Quieres enviar tu cuento para “Cuentos para regalar”?

Pues hazlo a lalineanegrauio@gmail.com.

¿Quieres colaborar con una ilustración?

Contáctanos a lalineanegrauio@gmail.com.

“Cuentos para regalar” es un proyecto que busca aprovechar las redes sociales para conseguir que exista una mayor conciencia de la obra que se gesta en el país. Y cuando hablamos de conciencia, hablamos de “conocimiento”. El drama de que somos “invisibles” se corrige abriendo el camino. También buscamos generar acceso a gente de otras ciudades, que no sean centrales, como Quito, Guayaquil y Cuenca. Se escribe en otros sitios y, bueno, quizás sea el momento de descubrirlo.

1.

Por dentro

Fui dejando a un lado toda responsabilidad. Ya no me hacía cargo ni de mantener un sentido de rutina sobre mí misma. Pasaba días sin bañarme y la cama fácilmente podía estar una semana entera sin tenderse. Y es que hasta el brillo del sol tenía restringida la entrada a mi habitación, resguardada por una cortina de flores, mirona, vieja y percudida.

—¿Adónde vas? —se atrevió a preguntarme un viernes a la noche.

—Quiero recordar cómo es afuera —respondí.

—Ve y no vuelvas —me dijo entre dientes. La conozco tan bien, que comprendería cada palabra incluso si me hablara quedita.

—Adiós —y me fui.

A tantos meses de estar caminando por las calles, sin detenerme, sin dormir, sin cerrar los ojos siquiera, he recordado aquella extraña conversación. Jamás vi tan afligida a mi cortina.

2.

Entrega

Hacía algún tiempo, calculo dos meses o quizás menos, que varios tomates empezaron a perseguirme por las noches. Enormes, gordos, colorados, jugosos.

No sé si soy yo o son ellos. Pero desde que decidí ceder a sus provocaciones, siento que el limón ya no me hace ni cosquillas. El placer… Yo tenía una vaga idea de lo que era el placer, pero ahora veo cuan equivocada estuve. Acariciar su piel lisa, chupar cada una de sus semillas, es en un acto de pequeña muerte…

Y es que mis amoríos con los tomates se han vuelto tan intensos que no necesitamos ni pizca de sal para estrujarnos. Sólo ellos y yo, sobre una gran cama de lechugas frescas.

3.

La madre

Sentada a la mesa, junto a ellos, pensaba en que debía disfrutar más de sus hijos.

Que el trabajo, que los viajes, que las deudas… Ése había sido un día tremendo, agotador, igual que cada uno de los anteriores. La tetera sobre la ornilla soplaba y pitaba como un trencito sobre los rieles en mitad del campo. Una lluvia nocturna caía por las ventanas con gotas cada vez menos gruesas.

Sentada a la mesa, frente a ellos, continuaba pensando en que debía disfrutar más de sus hijos. Cerró los ojos y lanzó un suspiro con la boca abierta, lista. Enseguida, fue comiéndoselos de a poco. Sin apuros, concentrada en los sabores. Disfrutándolos como debía.

4.

Felicidad

Con mucho cuidado, frente al espejo de cuerpo entero, fue cortando cada uno de sus dedos. Primero aquellos de la mano derecha, nada más que por un asunto de suerte. Uno a uno iba cayendo sobre el piso.

Luego, con igual dedicación, empezó con los de la mano izquierda hasta concluir en el meñique. Y ahí fueron quedando, todos sus dedos como cañitas sobre la manera.

Finalmente, miró a sus propios ojos y con una leve sonrisa de alivio, dijo: Estaban muy largos.

5.

Llegando a casa

Ingresé a mi habitación a las 18h00, y a mis cobijas a las 18h14. De repente… Entre el quicio y la puerta, sin aviso y puntiagúa’, y con extraña intromisión, una larga, delgada y singular guadaña, de luz iluminá’ muy iluminadora… ¡Zzzáss! ¡Que cortó mi sueño! Luego se hundió en él, y con perfecta y profunda profundísima profundidá’ lo ha hecho sangrá’.

Me he despertado. Veo el reloj y son las 20h47. Compruebo que el cansancio existe.

6.

Efecto

Por fin había terminado de planificarlo todo. Milimétricamente. Obsesivamente. Amorosamente. Cuidadosamente. Dobló los planes y los dejó sobre la cama. Sin embargo, al regresar a la habitación, lo inesperado: todo un reguero de planes, rotos, apabullados, mugrosos, desperdigados por aquí y por allá como cuando con la mano moviéndose de un lado a otro sobre papeles se arma un desastre en el escritorio. Así estaban los planes que tanto había doblado antes de bañarse. Sus ojos se abrieron más de lo normal hasta caer y rodar como dos bolas de billar. Y ahí quedaron, amuradas sobre el piso junto a los planes.

 

©Norka Guevara

El menú soy yo

June 14, 2012

Parteuno.

Clara duerme religiosamente con sus medias de lana puestas, las mismas de siempre, ésas que su hijo Ignacio le regaló. Las usa pues dice que lo malo entra por los pies y no vaya a ser que un día de estos se le meta la idea de dejar su casa.

Todos los días, al llegar la hora nona, enseguida empieza a cerrar las puertas y ventanas, a correr las cortinas y a revisar cada rincón para luego de ese ritual empezar con otro… Y es que todo, absolutamente todo en la vida de Clara consiste en rituales, por decirlo de alguna manera. Yo lo llamaría manías.

Como iba diciendo: después de cerciorarse de que la casa está completamente cerrada por dentro, atraviesa el laaaargo zaguán angostitito que lleva hacia la cocina. Es el lugar menos alumbrado de la casa, iluminado tétricamente pues apenas hay una lamparita en forma de vela que lanza una luz aburrida y mezquina. La pared ocre expira poco a poco, resquebrajada y triste, con la mirada baja y observando al piso de cemento sin pintar que tirita. Los tres: el piso, la lámpara y la pared, ven pasar a Clara a través del interminable pasillo y comentan entre sí:
—¡Qu qué qué vi vie viejita que está! —dice el piso muerto de frío.
—En realidad no más que tú —le responde la pared, mientras la lámpara solo escucha, silbando despacito una canción para calentar a penas el ambiente.

Mientras, Clara sigue caminando hacia la cocina. Y lo hace lentamente… Eterna y angustiosamente lento.

Partedós.

Clara viste una bata enorme de flores azules, su preferida, y un abrigo lanudo y café, que por lo viejo provee a su silueta de una extraña luz. Según los tres lenguaraces anteriores, ver así a Clara es teroo… digo terrorífico. Pero en realidad a mí nunca me dio miedo.

Yo la conozco desde que nací y la recuerdo muy bien. Con esa cara rechoncha y ojos de uva. Con una nariz que con sus minúsculos orificios parece haber sido hecha al apuro. Con esa boca que parece funcionar por sí sola, como una radio sin apagar que sigue cantando sin que nadie la escuche. Así es ella, habla muchas veces solita. Yo siempre escuchaba con atención aunque casi nunca entendía. Todo lo habla en un lenguaje complicado, oscuro, como si quisiera volver impenetrables sus pensamientos.

Tiene manos grandes, blancas y arrugadas, pero muy fuertes como para cargar los baldes llenos de agua para trapear. Al barrer me impedía estar cerca, pero yo sin verla y escucharla no podía estar, así que despacio la seguía. Sé que ella fingía no verme, quizás vencida por mi insistencia. Pero de vez en cuando me ganaba el impulso y me acercaba más de lo permitido, para formar un gran carrusel entre sus pies. ¡Y ahí sí que perdía la paciencia! A punta de zapateos, reclamos y escobazos, Clara me echaba y no me quedaba otra que retomar la distancia.

Partetrés.

No conozco a persona más viejita y terca que Clara. De hecho creo que es más terca que viejita, pero eso no me importaba. No podía dejar de ronronear cada vez que la tenía cerca. Su caricia consistía en un manotazo brusco y yo era feliz.

Un día cualquiera cuando iba rumbo a casa, me detuve sobre el techo de la vecina Eugenia. Mientras mis patas tembleques me llevaban a mi techo, escuché que hablaba con otra persona acerca de Clara. De mi querida Clara. Dijeron algo de “muerte” relacionado con “gatos”, logrando hacer que mi pelos se erizaran. Y así, hecho una bola de pelos seguí mi camino.

En mi cabeza una palabrota se revolcaba sola y murichenta: matagatos, matagatos, matagatos, mata… Al escuchar mi nombre salí gritando y corriendo. Era la matagat… digo Clara, que me llamaba para almorzar. Comía, la miraba, comía, la miraba de nuevo y me repetía insistentemente: No, no puede ser ella, ella no, miau, ella no…

Partefín.

Seguí comiendo, y desde aquel día, comí más, cada vez más.

Poco tiempo después supe que una tal “Clara Matagatos”, regordeta y agria, en realidad no los mata: los vende a circos pobretones, crueles y colorinches, que se asientan cada Abril a tres cuadras de su casa.

Finalmente, aquí estoy, servido en una mustia bandeja de plástico, apunto de ser devorado yo, su preferido, por un leoncito eno no no norrrme.

 

©Norka Guevara

Pasadología

a contrapelo a contramano
contra la corriente a contralluvia
a contracorazón y contraolvido
a contragolpe de lo sido
sobreviviendo a contracónyuge
a contradestino y contra los gobiernos
que son todo lo absurdo del destino
a contralucidez y contralógica
a contrageografía (porque era
contra pasaportes dictadores continentes
y contra la costumbre
que es más peor* que nuestros dictadores)
contra tú y tus tengo miedo
contra yo y mi certeza al revés
contra nosotros mismos
o sea contratado
y todo para qué.

*porque los dictadores ya eran lo peor y porque así se dice en mi país y no me excuso.

Derechos de autor

May 21, 2012

Adjunto a la presente, la abajo firmante me permito enviar el texto
Tal para su evaluación y posible publicación en la Revista Equis.

Como autora declaro que el contenido del texto es original, por lo cual voluntariamente Autorizo cualquier forma de difusión, aunque por ley declaro también no Cedo mis derechos a recibir porcentaje de cualquier explotación económica. Malditos.
Declaro también que, en caso de ser seleccionado para publicación (versión papel y/o web), No renuncio por ninguna razón a cualquier tipo de pago por derecho de autor.

Cordialmente,
Norka